jueves, 4 de marzo de 2021

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jueves, 30 de mayo de 2013

otra

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otra entrada
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miércoles, 8 de octubre de 2008

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jueves, 13 de diciembre de 2007

Peque Varela

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Peque Varela "Forever" de Ferrol a Sundance, Clermont-Ferrand, Chicago sin pasar por Curtocircuito Festival de curtametraxes de Santiago de Compostela por no haber sido seleccionada, vamos, Galicia caníbal


Noticia en Vieros.com

La Voz de Galicia
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jueves, 22 de noviembre de 2007

Júpiter es inmortal. Rafael Álvarez el Brujo

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Era Júpiter tonante que blandía el rayo de su voz. Un dios del Olimpo, el padre de los dioses del talento. Yo le tenía tanto respeto que me azoraba cuando estaba delante de él. Me ponía nervioso, tímido, me volvía torpe. Le admiraba profundamente y contemplaba siempre su figura con sumisa reverencia, como quien contempla un monumento. Fernando era un monumento. Cuando él hablaba, yo escuchaba como un cachorro estremecido ante el rugido imponente del jefe del clan, el patriarca, el rey de la manada.

Mi propio instinto de actor, de cómico como diría él, me hacía reconocerle como algo vivo y sagrado: el antepasado epónimo que confiere regia dignidad a toda la estirpe del teatro. Yo era de esa estirpe de nobleza y cuando le veía en el cine, en televisión o en el teatro ahí estaba yo también, con él. Por su presencia yo experimentaba el orgullo del linaje porque él era El Actor que estaba ahí, con esa calidad e intensidad de presencia que otorga siempre dignidad a todo lo que hace, por insignificante que fuera la función, la serie o la película. Su autoridad emanaba del misterio grande y radiante del actor: la presencia. Y además, Fernando Fernán-Gómez tenía el don para expresarla. Es normal que ante alguien así experimente uno la fantasía o la conciencia imperceptible pero cierta de su inmortalidad. Fernando es un mito y un mito siempre es inmortal.

Tuve la suerte de pisar el escenario junto a él en Alicante con motivo de un homenaje que se le hacía al insigne dramaturgo español contemporáneo. Yo representaba su versión de Lazarillo de Tormes (que aún hoy después de 16 años sigo representando en gira por todas partes). Al final de la función hube de sacarle a escena para que dijera unas palabras. Yo tenía miedo porque nunca se sabe por dónde puede salir Júpiter blandiendo el rayo, ante el atrevimiento osado de alguno de sus cachorros: se me ocurrió eliminar cuatro o cinco páginas de su versión para sustituirla por una especie de entremés o "descanso" de mi propia cosecha compartido con el público donde yo improvisaba chanzas y chascarrillos varios (siempre anécdotas sobre mis experiencias haciendo esta misma obra por esos pueblos de Dios) que el público celebraba gozoso con frecuentes ovaciones y risas.

Cuando le recogí entre cajas me cambió el paso. Sentí el peso de sus pies sobre las tablas como una plomada. A su lado yo era una plumita que flotaba inconsistente. Tuve la conciencia cierta de lo que es andar y pisar de verdad un escenario. Su rostro era una máscara. Los ojos azules profundos no dejaban traslucir nada. Cuando llegó a la "corbata" hizo una pausa. Un enigmático abismo que el público saludó con respetuoso silencio: "De esta obra", dijo, "de esta obra que acabamos de ver [yo temblaba], de esta obra lo que más me ha gustado ha sido el descanso". Al unísono el público soltó la carcajada, aplaudió y yo respiré al fin con alivio. Júpiter se mostró favorable al cachorro.

Era grande, pero noble y generoso. Jamás lo olvidaré. Transmitía un secreto en la acción sin palabras. El fuego sagrado del teatro. Gracias, Fernando, los dioses viven siempre. Esta muerte es tu última victoria. De momento.

Enlace al artículo publicado en El País
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El adiós a un creador. Carlos Boyero

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La última vez que escuchamos esa voz inconfundible, clavando cada palabra, interpretando un texto con apabullante magisterio, creando atmósfera, fue hablando de las esencias y los rituales del fútbol en anuncios publicitarios al servicio de una cerveza. Un año antes le vimos, pero sobre todo le escuchamos con la boca abierta, en el impagable documental (o lo que sea) La silla de Fernando, haciéndonos el perdurable regalo de hablar con sabiduría, humor, sarcasmo, transgresión y gracia de su relación con el alcohol y con las mujeres, la vida nocturna y los pecados nacionales, el teatro y el cine, la guerra y la posguerra, las patrias y la religión.

Por mi parte, sentí una envidia monstruosa hacia sus amigos, la desolación de no haber tenido la oportunidad de escuchar en vivo y en directo a ese narrador y conversador excepcional, a una inteligencia superior expresando su libre y experimentada visión de las personas y las cosas.

La muerte de Fernando Fernán-Gómez va mas allá de la desaparición de un actor tan identificable como excelso, de alguien que imprimía verdad y complejidad a cualquier personaje que interpretara, del creador de algunas de las películas más inquietantes y conmovedoras del cine español, de un articulista y escritor tan personal como inagotable.

Desaparece un insustituible símbolo de la mejor cultura, una opinión con poder legitimador, anticonvencional y brillante, heterodoxa y libertaria. Ese concepto tan enfático, patriótico, de pompa y circunstancias, denominado una tragedia nacional, adquiere significado, realidad y sentido constatando que ya sólo nos queda el legado de Fernando Fernán-Gómez en los vídeos, los libros y los DVD, que ha desaparecido una persona que formaba parte de las mejores señas de identidad para mucha gente de este país. Me gusta ver y escuchar al actor Fernán-Gómez en blanco y negro y en color, en películas alimenticias o prestigiosas, en las que sólo aportaba su profesionalidad y en las que parecía sentirse implicado, en comedia y en drama, en personajes bondadosos o malvados, en faceta cómica y en faceta trágica, metiéndose en la piel del hombre de la calle o dando vida a gente excepcional, exteriorizando e interiorizando, histriónico o cotidiano, pintoresco o desamparado, parlanchín o receptivo, castizo o intimista, ganador o perdedor.

No recuerdo ninguna decepción con él, aunque el guión o la película fueran infames. Me ocurría lo mismo que con José Isbert, con Marcello Mastroianni, con Robert Mitchum, con Cary Grant. Su presencia siempre es gratificante, desprende autenticidad, está por encima del bien y del mal. Pero voy a recordarle siempre con mucho agradecimiento por su creación de tres ancianos memorables. El tan sabio como cálido de Belle époque, el maestro humanista, librepensador y finalmente masacrado de La lengua de las mariposas y el moribundo enloquecido y obsesionado con ajustar torturadas cuentas con su pasado de En la ciudad sin límites.

Pero inevitablemente soy selectivo con las películas que dirigió. Hubo de todo e imagino que cualquier cosa que llevara la firma de talento tan poderoso se presta a la revisión o a la sorpresa. Cada vez que me he topado con La vida alrededor y La vida por delante me confirman que son inteligentes y agridulces. El mundo sigue se parece demasiado a la vida y continúa provocando cierto malestar y miedo. Refleja el color grisáceo o tirando a sombrío de una época ingrata, gente frustrada o mezquina, sueños y esperanzas definitivamente rotas.

Te asombra cómo es capaz de mezclar esperpento y realismo, humor negrísimo y piedad subterránea, costumbrismo sórdido y perversión fetichista en esa película inquietante y admirable titulada El extraño viaje.

Existen toneladas de comprensión y de sentimiento en ese emotivo y desolado retrato de perdedores que viajan incansablemente a ninguna parte, de la patética supervivencia y el doloroso anacronismo de los cómicos de la legua.

Empieza a resultarme esquemático o superfluo analizar los múltiples dones de este hombre renacentista. Se ha muerto Fernán-Gómez. Todo el mundo sabe lo que eso significa y está de luto. Era uno de los tres más grandes. Nos quedan Berlanga y Azcona
Enlace al artículo publicado en El País

Dos grandes

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Fernando Fernán-Gómez versus Agustín González

Video de Youtube